Loza quebrada (Barros con Alma)

Colección Luis Porcuna Jurado  por Luis Porcuna Chavarría

Han pasado solo unos meses en las galerías y patio del convento, sólo unas noches lluviosas y frías compartiendo los sonidos del silencio. Sólo unos días claros invernales, en qué los barros absorbían las explicaciones que las hermanas mercedarias descalzas daban a los visitantes ante el zócalo centenario de azulejos de Triana, cercanos a los rechonchos Niños de Dios y bajo el manto purísimo de la Madre comendadora, entre el repique del campanil dando a las monjas avisos para el rezo o para atender el torno. Un efímero halo de luz como el que dejan las estrellas fugaces, es lo  que ha durado la exposición que los amigos de los museos organizaron en el convento de las descalzas de Osuna, a pesar de ello, y de los cuatro meses que estuvo expuesta al público.

Hay una sección en la colección de cerámica “Barros con alma” que no tiene suavidad al tocar con las manos las piezas, ¿Por qué? porque, el uso diario y el trato cercano con el medio  doméstico al barro le da finura, adquiriendo esa película agradable al tacto que le presta el uso a los cacharro. Pero estas piezas son ásperas, toscas y ofrecen el apresto de lo nuevo, aunque sean idénticas a las representadas en los lienzos pintados hace cuatrocientos o quinientos años, esa es su edad. No son nuevas, aunque lo parecen, pues han dormitado en el silencio de las bóvedas desde su elaboración. Conservan el color puro del barro sevillano, blanquecino-amarillento a veces con rosetones rojizos a causa de la oxidación por la elevada temperatura que sufrieron en la cocción, sin que el uso diario les haya proporcionado otro tono o barniz. Mantienen la ligereza intacta que el fuego origina en la arcilla y que ningún líquido ha podido cubrir, penetrando en sus finos poros.

El tiempo. Lento en su caminar, impasible y firme, que envejece todo a su paso, se olvidó de estas piezas dejándolas jóvenes y vírgenes, pudiéndose palpar en su roce la huella del alfarero, la caricia del torno que gira lento, el beso del fuego en el barro que, a veces por su mayor temperatura, pareciera que le pintó coloretes en su cara. Otras veces también, provocando algunos defectos en piezas de cada hornada o produciendo grietas en  partes del cacharro, una fisura, una malformación o deformación en su perfil.

Por ese defecto, su lugar no era la estantería o el escaparate, sino un rincón del alfar donde se iban apilando unos sobre otros, esperando la compra masiva del lote para rellenar bóvedas de nueva construcción en las cubiertas de grandes edificaciones. Para llenar pozos ciegos o negros que habían dejado de servir, o para aislantes de suelo y evitar la gran humedad y el frío que soportaban las grandes construcciones de la Sevilla medieval. Así reposaron hasta nuestros días, en que salen a la luz alumbrándonos e informándonos de unos tiempos pasados y recibiendo el nombre que siempre se les dio: “Lozas quebradas”.

La tipología de la loza quebrada que forma parte de la colección Luis Porcuna Jurado es del tipo de la cerámica común, cristiana, de la baja edad media y la edad moderna, dentro del periodo comprendido entre los ss. XV al XVIII y en el que tomamos como referencia los estudios realizados por Fernando Amores Carredano y Nieves Chisvert Jiménez en 1991; Alfonso Pleguezuelo en 1992; McEwan, en 1992 y Myers et al. en 1992.

Gracias a estos trabajos de investigación están contrastadas sus épocas y tipologías, mediante el aluvión de restauraciones que se acometieron en Sevilla con vistas a la Expo’92, exaltando el 500 aniversario del descubrimiento de América.

Tras el descubrimiento del nuevo mundo en 1.492, Sevilla adquirió un gran protagonismo como puerto de partida hacia ese continente y como fabricante de dolias, tinajas y botijas en las que se almacenaba una gran variedad  de productos para el trayecto fluvial trasatlántico, como podían ser: aceite, vino, vinagre, miel, jabón, aceitunas, garbanzos, alcaparras, habas, pescado, arroz o harina. Este mercado emergente y de gran envergadura hizo que la producción de cerámica aumentara en grandes proporciones, creciendo así la producción de envases de barro, pues Sevilla y sus alrededores eran ricas en la arcilla ideal para estos utensilios y Triana, un barrio entero dedicado a la alfarería basta y fina, de ahí que también aumentara la loza quebrada que ha llegado a nuestros días como fiel testigo de otras épocas.

En las intervenciones registradas en la Cartuja, entre los años 1987 y 1991, se halló un yacimiento extraordinario en las siguientes criptas, según enumera ordenadamente el sistemático trabajo de Amores y Chisvert (1.992):

– el Claustro de los Monjes. Bóveda de aristas de mediados del s. XV

– la Capilla de santa Catalina. Bóveda de crucería de finales del s. XV

– la Sala capitular. Bóveda de crucería, finales del s. XV y principios del s. XVI

– los Almacenes de Legos. Bóveda de cañón de la primera mitad del s. XVI (1.505-1.525?)

– la Catedral de Sevilla, el Claustro Nuevo y la Capilla de la Virgen de la Antigua,     bóveda de crucería de principios del s. XVI.

– la Capilla de Maese Rodrigo (Sevilla). Bóveda de crucería en el presbiterio del primer cuarto del s. XVI.

– el Hospital de las Cinco Llagas, Crucero norte del Patio del Recibimiento, bóveda de cañón con lunetos, segunda mitad del s. XVI

– la Iglesia de la Trinidad, nave lateral derecha, bóveda de medio cañón s. XVII (año 1.629)

– el antiguo Convento de los Terceros, patio de la Virgen, bóveda de aristas s. XVII

– el antiguo Noviciado de San Luis, claustros e iglesia, bóvedas de aristas y de cañón rebajado con lunetos, finales del s. XVII y principios del s. XVIII

– las Atarazanas de Sevilla, bóvedas de cañón de mediados  del s. XVIII

– el antiguo Colegio de san Telmo, galería de fachada del s. XVIII y embotijado bajo la solería.

También se hicieron estudios de la cerámica común aparecida fuera de Sevilla capital como son los siguientes edificios:

– la Iglesia de San Juan Bautista (Marchena), Ábside, bóveda de nervadura estrellada del s. XV (año 1.490 al 1.510) y naves laterales con bóvedas de aristas del s. XVI (año 1.556)

– el Convento de S. José (Carmona) iglesia de bóveda de arista de la segunda mitad del s. XVII

– la Iglesia del Salvador (Carmona), bóveda de arista s. XVIII (hacia el año 1.720)

– la Sala Capitular con bóveda de crucería del Monasterio de San Isidoro del Campo del s. XV (años 1.468 a 1.492) y el Claustro Nuevo, bóveda de arista del s. XVI en  Santiponce.

– el presbiterio de la Capilla del Colegio de santa María de Jesús de Sevilla, bóveda del s. XVI (años 1.503 al 1.506)

 

De todos estos edificios fueron recuperadas, estudiadas y catalogadas más de 500 piezas, que han sido como mi enciclopedia para el desarrollo y enumeración de las obras que aquí presento, aunque no correspondan a los mismos lugares de recuperación ni a la misma fecha del rescate, pero sí tienen la misma tipología y medidas, siendo hermanas al proceder muy probablemente de los mismos alfares.

 

No es pequeña la dificultad de datar las piezas, dado que, a pesar de saber a ciencia cierta la fecha de construcción de cada monasterio, iglesia u hospital, bien podían haber sido rellenadas las bóvedas en restauraciones posteriores de dichos edificios; por todo ello entendemos que es imprescindible el estudio arqueológico y de colecciones que han podido provenir de otros medios, como excavaciones o limpieza de pozos y casonas particulares. También disponemos de documentos publicados por José Gestoso en su monumental obra (1.903:370-451) que, por ejemplo, dice así: “Se trata de contratos de compra de loza quebrada a varios olleros de Triana para el relleno de las bóvedas de la Catedral de Sevilla en los años 1.467, 1.498 y 1.513”. Entre ellos  aparece el contrato al ollero Diego Rodríguez de 22 cargas de jarras y cántaros para el relleno de la bóveda de la Capilla de la Antigua en el año 1.512.

 

Otro método empleado para la verificación de la época de ciertas piezas que han sido escasas en las bóvedas es su representación en lienzos con escenas costumbristas del momento en que el pintor terminó la obra, siendo Velázquez, Murillo y Zurbarán los pintores que acostumbraban incluir cerámica en sus cuadros. Otra fuente de información exacta para datar las piezas son los hallazgos submarinos completos de pecios hundidos en los que están bien documentados el destino, la procedencia y la fecha de la catástrofe. De todas estas fuentes de datos certeras podemos contar con un amplio estudio de las tipologías de producción alfarera desde el s. XV al XVIII.

 

Un dato de gran interés para el estudio de la loza quebrada es la procedencia, debido a que los tiestos defectuosos que se amontonan en los rincones del alfar son de poco valor por sus defectos y de un costo elevado por su transporte hasta el lugar de la construcción de la bóveda, de lo que se deduce que los rellenos se hacen con piezas de lugares cercanos, pero no del mismo alfar. En el caso de grandes bóvedas, como ocurre en las Atarazanas de Sevilla, donde en una sola bóveda de cañón pueden contarse en su interior más de 600 piezas, hay que concluir que esa cantidad era muy difícil de encontrar en un solo alfar, por lo que se debían comprar en distintos talleres. Otra curiosidad a tener en cuenta es que, en las grandes bóvedas, en la parte inferior de las enjutas, se iban colocando las tinajas o dolias  de gran tamaño y otras piezas más pequeñas para el resto del relleno; esto nos hace pensar que no en todos los alfares se producía esa variedad de piezas y que había que contratar la loza quebrada en distintos hornos.

 

Es importante el número de vasos de loza quebrada que alberga la colección “Barros con Alma” de Luis Porcuna Jurado, siguiendo la forma de clasificarlos que han empleado en sus estudios Fernando de Amores y Nieves Chisvert. (Tipologia de la cerámica común bajomedieval y moderna sevillanas s. XV-XVIII: I, La loza quebrada de relleno de bóvedas)  y Alfonso Pleguezuelo, Antonio Librero, María Espinosa y Pedro Mora (Loza quebrada procedente de la Capilla del Colego-Universidad de Santa María de Jesús, Sevilla 1.999). Utilizaré los nombres y los grupos que en sus estudios les han sido dados y no extenderé este articulo con piezas que no figuren en ellos, por no tener la absoluta certeza de su época. Deseo puntualizar que, aunque las piezas reflejadas en esta colección corresponden a los mismos alfares y épocas, no provienen de las mismas colecciones por ellos estudiadas.

 

GRUPOS PRINCIPALES: Almacenamiento; Transporte; Uso Agrícola-Industrial y Uso Doméstico,  clasificado éste en los subgrupos de despensa, mesa, y cocina

 

Grupo de Almacenamiento

 

Tinajas: El destino de estas piezas era contener productos varios, sólidos o líquidos como: garbanzos, trigo, cebada, maíz, aceite, vino, vinagres etc… Y su representación en las bóvedas es escasa por su gran tamaño, habiéndose hallado las pocas estudiadas  en las enjutas en su parte más baja. La que aquí mostramos es una pieza de Sevilla del s. XV y se han encontrada 41 piezas similares en las bóvedas del Claustro de los Monjes de la Cartuja de Sevilla.

 

  

 

Grupo de Uso Agrícola-Industrial

 

Cangilones: Hay una gran variedad en formas y tamaños, predominando las tendencias locales y destacando como detalle significativo del  grupo un marcado en el centro a modo de faja por el que se sujetaban a la noria, variando el tamaño y la decoración, los más antiguos de clara influencia islámica. Son piezas muy representadas en los estudios arquitectónicos, debido a que eran muy frecuentes en las bóvedas y bajo los pavimentos, como aislantes.

 

 

Conejera: pieza muy rara y con poco estudio, aunque claramente identificada como recipiente para parir las conejas, de base muy plana con una boca superior amplia posiblemente con una tapadera y una apertura mas estrecha y larga en forma de atanor para la entrada y salida del animal. La que aquí mostramos es similar a las estudiadas gracias a la aparecida en la Cartuja de Sevilla en la bóveda de cañón de los Almacenes de Legos, primera mitad del S. XVI (1.505-1.525?)

 

Grupo de Transporte

 

Dolias: Aunque se supone que su función era la de transportar líquidos en las rutas marítimas hacia América, no parece que se usaran para ese propósito, debido a sus finas paredes y gran tamaño. Estamos ante las primeras ánforas sevillanas medievales cristianas, su aparición  está documentada con cierta seguridad desde el s. XIV hasta el s. XVI; en estas fechas sufre un proceso de adaptación provocado por los nuevos retos para el transporte oceánico en el que aparecen las botijas y las cantimploras de paredes mas gruesas y de menor capacidad. Los tipos de dolias aparecidas en las bóvedas de la Cartuja y la Catedral de Sevilla, son como las que presentamos, siendo sus rasgos más comunes la boca y su cuerpo ovoide regular, con un estrechamiento en la mitad, sin decoración alguna a no ser una señal de cordón de hilo de pitas (hilillos) en forma de torcía, que se ataba fresco al barro y que una vez en el horno se quemaba, desapareciendo y dejando su señal como única decoración. A pesar de que algunos estudios revelan que el cordón servía para unir las dos partes de las que se componen, otros afirman que solo se fabricaban en una pieza única, que se sujetaba para que no se deformara en el horno por su gran tamaño. Su boca con molduras y estriada para facilitar el tapado con corcho y el sellado con cuero es una característica común en las dolias.

 

 

Cantimploras: a veces también llamadas barriles, son achatadas y los modelos varían dependiendo del alfar, usualmente sin vidriar, con dos asas, aunque algunas piezas tienen vidriado el interior, la boca y el cuello con chorros de vidriado en varios colores: marrón, verde y melado. Presentamos una pieza de Carmona, robusta y pesada, con un barro muy blanco de cuello modulado y dos asas gruesas paralelas terminadas en larga pegadura con digitalización. La pieza de Marchena,   más fina y menos tosca, de cuello alargado terminado en círculos, tiene paredes laterales achatadas, con terminación de pezón y de ombligo. La pieza sevillana que presentamos es esférica, vidriada y de boca abocinada con dos asas finas. Aunque su primer uso era para el transporte marítimo, su producción ha estado unida a los alfares de Triana, llegando hasta nuestra época, dándole una forma más plana y achatada para el transporte en caballerías, carros o en la cintura del hombre.

 

Botijas: de la misma tipología que las dolias, pero de paredes más gruesas y de menor tamaño para la adaptación a los largos viajes marítimos, la botija es la pieza más rescatada en las bóvedas y con una gran variedad de formas y tipos, siendo siete los tipos que el estudio realizado por Amores-Chisvert presenta. Aporto dos piezas de estas botijas no reflejadas en dicho estudio, del que menciono los rasgos más destacados en su diferenciación.

  • Tipo A: son las de mayor tamaño, de perfil ovoide; algunas presentan un cuño alfarero sin determinar si es para reflejar el taller en el que se fabrican o el destinatario; son piezas sin ninguna decoración incisa y, como todas, de boca de rosca. Algunas piezas han aparecido vidriadas en su totalidad en verde claro o intenso, con certeza destinadas a algún tipo de líquido especial como pudiera ser: vino, aguardiente o vinagre.
  • Tipo B: es la mas frecuente y representativa, de menor tamaño y más rechoncha y en los yacimientos se han podido establecer como fechas de producción desde el s. XV hasta el s. XVIII.
  • Tipo C: botija de perfil ovoide, con la parte inferior terminada en forma apuntada, haciéndola más estilizada y con forma anforada. Sus fechas de fabricación van desde el S. XVII al s. XVIII, coincidiendo con la recuperación de los pecios americanos del Atocha (1.622), Conde de Tolosa y Guadalupe (1.724) (James, 1.985) (Allan y Barber. 1.992) (Lister y Lister 1.981) y otras procedentes de la Capilla del Sagrario de la primera mitad del s. XVII (Amores y Chisvert 1.993)
  • Tipo D: tipo muy raro y de muy escasa capacidad, con forma de antorcha y aunque no está reconocido claramente en ningún estudio su uso, siempre he pensado que pudiera tratarse del recipiente en el que se presentaba la muestra del liquido que llevaba el resto de la carga.
  • Tipo E: botija muy parecida a las de tipo B pero con la base cóncava, casi plana terminada en pezón; a veces aparecen vidriadas y de menor tamaño, llegándose a la conclusión de que pudieran haber servido en el ámbito doméstico como alcuza.
  • Tipo F: muy similar a la botija de tipo E, vidriada en verde intenso o verde malaquita, con una robusta asa muy tipo botija perulera sevillana, producida hasta nuestros días en Triana, aunque su época nos transporta hasta mediados del s. XVI. En las Atarazanas de Sevilla han aparecido en sus bóvedas de tres tamaños.
  • Tipo G: ejemplar muy raro, muy parecida a las de los tipos E y F, pero con dos robustas asas paralelas y un cuello más alargado.
  • Tipo H: Botija de gran tamaño, redonda con el cuerpo artilado desde la terminación de las dos asas hasta su base plana terminada en pezón, con un alto cuello cilíndrico y sin vidriar.
  • Tipo I: botija similar a las del tipo B, pero con un larguísimo cuello que va de mayor a menor diámetro.
  • Grupo de Uso Doméstico. 1. Uso Doméstico General Cántaros: es la pieza mas representada en la cerámica popular debido a su función como cacharro para el transporte de agua desde las fuentes o pozos a las casas y como utensilio de almacenamiento, pero no por ello es la más encontrada en las bóvedas. Recipiente de cuerpo panzudo o con forma de peonza, de perfil cóncavo en la parte inferior y con una sola asa, representamos el cántaro azacán o de aguador sevillano con el cuño de la Giralda en el asa, del que se conocen tres tamaños,  transcurriendo tres siglos entre el de mayor tamaño (s. XV) y el más pequeño y rechoncho (s. XVIII).El de Marchena,   también fabricado en tres tamaños, ofrece el barro más fino, la panza más baja y la boca moldurada. El cántaro de Carmona

     es panzudo y elegante, con la base cóncava, terminado en culo de ombligo.

     

    Bacines: son recipientes cilíndricos, de base ancha y borde plano, con dos asas para facilitar su vaciado, generalmente vidriado, aunque los aparecidos en las bóvedas suelen estar sin vedrío. Se trata de piezas muy representadas en bóvedas, pozos negros y pavimentos y existe un grupo de bacines sin vidriar con decoración incisa y sin asas, con la boca menos ensanchada y la base estrechada,    hallados en Marchena,

    .

    Hay un grupo más tardío, decorados y vidriados en blanco y con temas vegetales o animales en azul cobalto, con dos asas pequeñas bajo un labio plano, de Triana (Sevilla) ss. XVIII-XIX.

     

    Huchas: también llamadas alcancías por tradición islámica, son recipientes en  forma de peonza invertida con base convexa, sin asas y con una pequeña ranura en la parte superior para introducir monedas.

  • Macetas: recipientes similares a las orzas, sin asas y con decoración incisa de cadenetas o digitaciones con un agujero en la base. Grupo de Uso Doméstico. 2. Uso Doméstico para la Despensa Queseras: su fin era la conservación de quesos, siendo difícil precisar esta función en ejemplares que bien podían ser bacines, macetas, orzas,  barreños para aves de corral o lebrillos hondos. 

    Orzas: vasijas de cuerpo cilíndrico de varios tamaños, generalmente sin asas y boca abierta con labio para recibir tapadera.

     

    Grupo Doméstico. 3. Uso Doméstico para la Mesa

     

    Jarros: recipientes de uso colectivo para la utilización de vino o agua en la mesa con una solo asa y, con frecuencia, boca con vertedor.

  • Jarras: piezas de uso colectivo para contener vino, agua o leche y que se diferencian del jarro por tener dos o más asas.
  • Jarritos: piezas similares al jarro, pero de menor tamaño, siendo su uso individual y su terminación vidriada en blanco o melado en su interior y parte del exterior.
  • Jarritas: vidriadas en verde y sin vidriar, de pequeño tamaño y dos asas para uso individual, mas decoradas que los jarritos, con dibujos incisos a peine, hoyitos y aplicaciones de clara influencia islámica (s. XV), aunque han llegado a nuestros días representando una evolución hasta las llamadas alcarrazas o tallas.
  • Platos: su aparición en bóvedas es muy rara, aunque están bien catalogados y fechados en el s. XV, de tradición morisca parecidos a las escudillas, siendo de uso individual.Escudillas: son piezas usadas en el mundo cristiano, pero con clarísima influencia morisca para uso individual, fabricadas en Sevilla. Grupo de Uso Doméstico. 4. Uso Doméstico para la Cocina

     

    Ollas: son escasos los cacharros encontrados en bóvedas, y los pocos estudiados y aparecidos según Amores-Chisvert han sido piezas reutilizadas y ennegrecidas por el carbón y el fuego para procesar alimentos. Se corresponden fielmente con las formas fabricadas hasta nuestros días.

  • Anafes: pequeñas hornillas transportables de clásica tradición islámica para contener las brasas y cocinar sobre ellas, su presencia en las bóvedas es muy escasa, reduciéndose a piezas tardías de Sevilla y Carmona (ss. XVII-XVIII), aunque esta que presentamos es de pozos negros encontrada en locales donde siempre ha habido alfares en Osuna.Morteros: pieza de producción basta, sin vidriar y a veces con vertedor producido por la digitación en la boca. Son pocos los ejemplares aparecidos en bóvedas, aunque son clásicos con poca diferencia morfológica los aparecidos en la Cartuja de Sevilla, Marchena o Carmona.